miércoles, 23 de julio de 2008

Esa noche no pude ver tus ojos
tu cabello escurría sobre tu cabeza y tu espalda
y eras unas cuantas elevaciones bajo la sábana
a la luz de la media noche

un gallo interrumpió la quietud nocturna
y te revolviste sobre ti misma
y echaste tus delgadas piernas fuera de la manta

el viento ululaba en los barrotes de la ventana
y el relámpago invadía todo una centésima de segundo
te dibujaba con un trazo demasiado rápido

el atardecer nos dejó las manos ardorosas
y el corazón apachurrado
me envolviste con la calidez de tu mirada
y nos dijimos dos silencios bellísimos

luego puse mi mano en tu cabello
y tu reías a medias, con esa mezcla de risa y llanto
que expresas cuando me voy

Pero el reloj marcó la primera hora y tú no despertaste
Me calcé la angustia del adios,
y tu respiración era tranquila

Salí de nuestra alcoba
y sólo escuché el cacofónico llamado de las ranas
la puerta soltó una queja y tú soñabas…no sé qué,
pero dormías como una santa.